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Las formas del odio y las luchas por la dignidad

  • Ana Victoria Espinoza
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En el marco del 24 de marzo, Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, Alexis Rasftopolo, docente investigador de la Universidad Nacional de Misiones invita a reflexionar a través de un ensayo escrito especialmente para Nexo Universitario.

A 45 años del golpe cívico-miliar-eclesiástico, el periodista y escritor Luis Zarranz ha señalado que pocas fechas tienen un significante tan inenarrablemente doloroso en nuestra memoria colectiva. En ese sentido el 24 de marzo de 1976 “es una herida profunda, cuyas consecuencias definitivas, en diferentes aspectos, son imposibles de dimensionar” (1).
De la diversidad de consecuencias y efectos inconmensurables y perniciosos que dejó el periodo lúgubre que se inició en aquellas horas, mencionemos aquí una marca cultural que atraviesa toda nuestra experiencia humana: la negación de las y los otras/os.
A propósito de esto, en 2017, Roberto Jacoby y Syd Krochmalny (2) publicaron Diarios del odio, una obra que reúne una serie de comentarios de lectores –principalmente de Clarín y de La Nación- bajo una estructura de poema; en rigor, uno de los valores en términos artísticos y conceptuales del material reside en poner el foco, de manera exacerbada, densa, en lo que Jacoby explicó como “lenguaje del odio”:
“Todo ese material lingüístico que refiere siempre a términos degradados, como la basura, el excremento, los insectos, los microbios, las bacterias, el cáncer…todos elementos que hay que extirpar, cortar, limpiar, fumigar, que son palabras que se repiten mucho en estos textos y que es lo que podríamos llamar el lenguaje del odio, que no considera posible la existencia del otro… el otro es algo a eliminar en lo posible…” (3)
Estas formas expresivas, estas construcciones de sentido, constituyen una clara evidencia de las formas de menosprecio de las y los otras/os, cancelando, en efecto, la posibilidad de la fraternidad extendida, de la empatía tan necesaria para fortalecer el tejido social y comunitario.
Esta constatación que tal vez encuentra uno de sus hitos iniciáticos en el proceso de conquista de las Américas y de África a fines de SXV, y que se irradia de manera potente y a veces imperceptible vía la herencia colonial, será la piedra angular de toda la política implantada con el Terrorismo de Estado.
El paroxismo de este tipo de expresiones llegó con las bolsas mortuorias que llevaban los nombres impresos de referentes en materia de derechos humanos y de funcionarios políticos frente a la casa de gobierno (4). Pero también las percibimos de otras maneras cuando, por ejemplo, vemos y naturalizamos la presencia de familias enteras en la más absoluta pobreza, integrantes de comunidades indígenas, que se encuentran en la intemperie, en plena ciudad de Posadas, intentando paliar el hambre y la indiferencia, como pueden, mientras la muerte acecha, constantemente, abreviando sus existencias desdichadas de manera terrible e injusta. (5)
El hecho de que no nos escandalicemos frente a estas evidencias, que soslayemos estas situaciones de enorme vulnerabilidad, las desigualdades, el hambre, es una de las tantas herencias de las lógicas ético-políticas, económicas y culturales instauradas en los años de terror.
¿Cómo entender sino la miseria planificada que denunció Rodolfo Walsh;(6) la pedagogía del miedo, las técnicas del crimen y las desapariciones?
Y, más recientemente: ¿la insoportable levedad con que seguimos nuestras vidas ante la desdicha del prójimo?
Frente a todo esto, en este mundo patas arriba, que de manera inefablemente lúcida y sensible analizó Eduardo Galeano (7), ante las diversas formas del odio y del individualismo, es necesario, en esta fecha, mantener viva las memorias de la resistencia y de dignidad.
Reivindicar el ejemplo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, de las y los Hijos, y de las demás organizaciones sociales y de derechos humanos; el ejemplo de las y los militantes sociales y políticos; las y los docentes, estudiantes, de las mujeres y diversidades que siguen luchando, ahora en este contexto asediado por el COVID-19, y que se suma, por cierto, a la herencia previa de la tanato-política del macrismo (estrechamente vinculada con las políticas de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica); y que cuenta, hoy como ayer, con la colaboración de las empresas periodísticas, de los sectores corruptos del poder judicial y de los grupos económicos que se han beneficiado con los proyectos neoliberales.
A propósito de todo esto, el sociólogo François Dubet (8), señaló, años atrás, que la intensificación de las desigualdades sociales es proporcional a una crisis creciente de las solidaridades; y, en ese sentido, se preguntaba: “¿qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social y no solo la igualdad abstracta?” (9)
Gran interrogante.
Sobre todo porque Dubet observa que, a pesar de las desmesuradas disparidades socio-económicas existentes entre el 1% más rico y el 99% restante de la población mundial, ese “resto de la población” que, en realidad, como vemos, constituye la enorme mayoría, la más de las veces, sin embargo, se encuentra atomizada; “no constituye un bloque homogéneo capaz de actuar como tal [frente a las injusticias], pese a los grupos que alimentan la llama de la revuelta” (10).
Es cierto. Es mucho más fácil enunciarlo que concretarlo, pero tenemos enormes ejemplos de que pese a las más jodidas adversidades es posible sostenerse y organizarse para seguir tejiendo, sigilosamente, formas de cohesión social que respeten las diversidades que nos constituyen, que se alimente de ellas, en pos de alcanzar una igualdad social lo más ideal posible.
Hebe de Bonafini señaló: “la verdadera política es la que se hace por el otro” (11) en vistas de su dignificación.
En un contexto de agudización de las experiencias de incertidumbre en nuestros modos de vida humana y de todo lo viviente, ojalá logremos encontrar en nuestros mejores ejemplos de lucha, las coordenadas para avanzar hacia horizontes existenciales más amables y mejores.

Por Alexis Rasftopolo, Doctor en Comunicación Social. Docente, investigador de la FHyCS-UNaM.

(1) Zarranz, Luis (Comp.; 2021) No nos han vencido. A 45 años del golpe. Buenos Aires. Marea Editorial.
(2) Jacoby, Roberto y Syd Krochmalny (2017) Diarios del odio. Buenos Aires: N Direcciones.
(3) Además de concretar dicha publicación, Jacoby y Krochmalny montaron una muestra alusiva. En una de esas presentaciones, el artista compartió estos conceptos. http://www.ramona.org.ar/node/53943
(4) Feinmann, José Pablo: “La trama del odio”. Página 12, 15 de marzo de 2021. https://www.pagina12.com.ar/329485-la-trama-del-odio
(5) Días atrás un niño de 9 años, de la comunidad Mbya, perdió la vida luego de ser atropellado por un colectivo en plena cuidad de Posadas. https://misionesonline.net/2021/03/16/nino-mbya-murio-atropellado-por-un-colectivo/
(6) Walsh, R. ([1977] 2015) “Carta abierta de Rodolfo Walsh a la junta militar”. En: Walsh, R. El violento oficio de escribir. Obra periodística (1953-1977). Buenos Aires: Ediciones de la flor; pp. 429-438.
(7) Galeano, Eduardo. (1998) Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Buenos Aires: Catálogos.
(8) Dubet, François (2016) ¿Por qué preferimos la desigualdad? (Aunque digamos lo contrario)”. Buenos Aires. Siglo XXI.
(9) Dubet, op cit, p. 11.
(10) Dubet, op cit, p. 23. El agregado entre corchetes es nuestro.
(11) Entrevista a Hebe de Bonafini en Nuestros sures, por Radio Nacional, 21 de marzo de 2021. https://www.radionacional.com.ar/hebe-de-bonafini-la-buena-politica-es-la-que-se-hace-por-los-otros/

Foto Archivo ONG Abuelas de Plaza de Mayo.

 

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